domingo, 25 de marzo de 2012

LA CLARIVIDENTE

En el mes de Octubre, meses antes del verano, la inmobiliaria para la que trabajo me asignó varios clientes interesados en diferentes clases de propiedades sobre la costa.

Cuando escuché el nombre del pueblito donde la oficina se localizaba, el nombre se me hizo sumamente familiar; en un minuto los recuerdos inundaron mi memoria. Era el mismo pueblito donde pasé muchísimos veranos con mis padres, el tío Manuel, la tía Jacinta y mis primos.
No había regresado a aquel lugar por más de 30 años.
La infancia suele tener recovecos y escondites perdidos entre las telas de araña del recuerdo - pensaba, mientras el micro corría por la ruta rumbo al Atlántico Sur.
-Aquello que parecía inmenso y magnifico se convierte ante mis objetivos ojos de adulto en un ínfimo y ridículo espacio. Lo que algún día me asombraba y divertía ocupando mis pensamientos y mis días, fue barrido sin darme cuenta cómo o cuándo, por éste mundo de urgencias absurdas, cuentas a pagar, trabajo y rutina.
Con los ojos cerrados, medio dormitando en la penumbra y con el suave rugir del motor del autobús como fondo, de pronto me vi contra un árbol vistiendo una remera rayada, bermudas y zapatillas Flecha, contando en el juego de la escondida, con mis primos atrás, esperando cantar “piedra libre“. Involuntariamente sonreí, me relajé aún más, y otras memorias fueron llegando sin que las llamara.
Recordé la playa, cuando entre todos los chicos armábamos en la arena, castillos con puente y foso, en horas donde la imaginación no tenia fronteras.
No nos cansábamos de acarrear toda la tarde baldes de agua desde la orilla a la construcción, de a poco la marea subía, la distancia se acortaba, hasta terminar el castillo disuelto entre las olas, coincidentemente a la hora en que el sol se ponía y nos teníamos que marchar para comenzar al otro día una nueva aventura.
Desenterrar almejas para usarla de carnada, jugar en los medanos a que estábamos en Arabia. Y el viento… ese viento implacable de la costa sur.
La leche chocolatada con alfajores o galletitas que comíamos golosamente tapados con toallas, bajo la sombrilla.
En la terminal de micros me esperaba Gutiérrez, quien me llevó directamente a la oficina para mostrarme los planos de los departamentos y otras casas que estaban para alquilar o vender dentro del mapa del pueblo y aledaños.
Allí pactamos cuales serian las propiedades que él trabajaría, así como las que me correspondían a mi.
Un muchacho nos trajo unos sándwiches que encargamos para comer. Sin parar seguimos el resto de la tarde, haciendo citas por teléfono y yo familiarizándome con las propiedades, ubicación, comodidades y precios. No tenía mucho tiempo y debía estudiar todo aquello para salir al día siguiente a presentar los inmuebles a posibles clientes.
Llegué al hotel que la empresa me había reservado extenuada, ya que la noche anterior casi no había dormido por el viaje.
Desde que pisé el pueblo ( que ahora se había convertido en ciudad) no había tenido tiempo de ocuparme más que en el trabajo. La intensa tarea de la oficina no me dio la oportunidad de pensar en los recuerdos que había dejado olvidados allí todos éstos años.
Cuando le dije mi nombre y el de la inmobiliaria, el encargado puso encima del mostrador las llaves del cuarto y un sobre donde prolijamente se podía leer mi nombre escrito a mano.
-Que raro- pensé, si fuera un cliente hubiera dejado el sobre en la oficina.
Pasé al salón comedor, donde aún quedaban unas pocas personas cenando.
Sin mayor entusiasmo, pero con cierta curiosidad abrí el sobre.
¿De quien sería?
Era una carta… una carta en éste tiempo de correos electrónicos. ¡Qué extraño!
Monte del mar, 23 de Octubre de 1999. -¿ 1999? Ésta carta tiene ¿ 11 años?-
Sofía,
Cómo verás por la fecha, ésta carta la estoy escribiendo unos cuantos años antes de que tú la leas.
No has de recordarme, ha pasado mucho tiempo desde que me conociste, aquí en éste mismo pueblo.
Te preguntarás quien es la persona que te está escribiendo.
Trataré de explicártelo. La infancia suele tener recovecos y escondites perdidos entre las telas de araña del recuerdo…
-curioso, la misma frase que pensé en el micro-
Mi nombre es Lena Fritz y llegué a éste país con mi padre, huyendo de la guerra desde Austria en el año 1942, cuando tenía 14 recién cumplidos.
No fue fácil el periplo de Europa a América, estuvo lleno de complicadas penurias, siempre al borde del peligro, pasamos meses de hambre y la tristeza de abandonar nuestra vida anterior a la fuerza.
Cerca estuvimos de ser atrapados, separados y llevados a un campo de concentración nazi en Ried, pero gracias a un don que me ha acompañado desde que nací y que me permite percibir las cosas de una manera diferente al resto de la gente es que pudimos sortear los peligros, conectarnos con las personas adecuadas, y escapar llegando a éste otrora pequeño pueblo, que nos dio un nuevo hogar.
A lo largo de mi vida he ayudado a mucha gente, aunque siempre he tratado de mantenerme lo más alejada posible, dado que para la ignorancia de muchos mi don pudiera ser catalogado de locura, no ser aceptado o simplemente ignorado.
Esto último es el caso que ocurrió con tu familia.
¿Nunca te preguntaste por que el verano de 1980 fue el ultimo que tú y tú familia pasaron en éste balneario, siendo que por años y años desde que naciste siempre vinieron aquí, y repentinamente de un año a otro no regresaron más?
Por mucho tiempo tu tía Jacinta y yo fuimos de alguna manera amigas. Ella me frecuentaba, y tal vez tú misma recuerdes haber estado en casa alguna vez.
Venían a comprar miel y huevos que yo traía de chacras cercanas .
Fue en una de esas ocasiones que una ráfaga me iluminó repentinamente,
percibiendo lo que pasaría. Éste hecho estaba asociado a Jacinta, por que era ella, y solamente ella la que podría dar un desenlace positivo al hecho desgraciado que yo vislumbraba.
Se lo anuncié, pero ella me ignoró, y así se arrepintió por el resto de su vida . Si ella me hubiera hecho caso, si hubiera seguido las señales que le indiqué en el momento justo, hubiera podido salvar a un niño de morir ahogado.
Un simple segundo hace la diferencia entre la vida y la muerte.
Éste hecho la marcó por siempre. Y es por eso que no regresaron. De alguna manera la culpa la desbordó .
Se que mi misión en la vida ha sido alertar a las personas de acontecimientos que de alguna manera pueden ser reversibles. A la vez, los pongo en la obligación de algo que no todos quieren ser responsables.
Se que para cuando leas ésta carta yo ya no estaré en éste mundo.
Ésta es mi ultima visión, y eres tú la elegida para salvar a alguien de una muerte que aún no le toca.
Cierro mis ojos y te veo en una ruta junto al mar.
Hay unas edificaciones nuevas y deshabitadas entre el mar y la carretera, todo el resto está descampado.
Un auto se aproxima por la ruta. Hay un hombre al volante con un perro grande a su lado. Tú haces señas para que el auto pare; quieres hablar con el conductor que no conoces.
Un camión a muy poca distancia, de la mano opuesta, rompe una goma y pierde el control. El camión frena de golpe pero el acoplado no puede frenar a la misma velocidad, quedando transversal a la ruta volcando en su totalidad sobre el ancho total del camino.
Tú misión es detener a ese auto. No se dónde, cuándo ni cómo, pero lo tienes que hacer.
Si no lo haces el conductor del auto continuará por la ruta y será aplastado, por el acoplado.
Esto pasará por éstos días y en ésta zona.
Por favor Sofía no ignores me visión, aunque todo parezca absurdo, hazme caso y todo saldrá bien.
Toma acción. Confío en ti.
Lena Fritz .

Inmediatamente fui hasta el mostrador central para averiguar cómo había llegado la carta al hotel. El hombre no sabia por que ya estaba el sobre allí desde antes de su turno. Tendría que esperar hasta la mañana siguiente para que me dieran más información.
A continuación, llamé por teléfono a Tía Jacinta, quien estaba preparando la cena de sus nietos. La tomé desprevenida y en un mal momento.
No entendía de qué le estaba hablando. Yo estaba algo alterada y le decía las cosas desordenadamente. Me pidió que la llamara mas tarde.
Ese tiempo de tregua me ayudó para leer la carta varias veces, y tratar de entender y recordar.
Me vino a la mente la memoria de una señora alta, delgada, canosa, ojos profundamente azules y acento extranjero. ¡Lena!, a la que también apodaban “la bruja” alguno de los vecinos.
Una casa humilde y sombría de altos techos de chapa y pisos de baldosa con diseños típicos de principio del siglo XX con frondosos árboles alrededor, a unas cuantas cuadras de la playa. Recordé una antigua tranquera de costilla de ballena que separaba el camino de la casa. Innumerables gatos y perros en las inmediaciones de la entrada.
Pinos, muchos pinos con piñones que rompíamos con piedras para comérnoslos.
¡ Mandrágoras! eran las mandrágoras lo que nos asustaban, esas raíces retorcidas y extrañas con formas humanas que tenía colgadas alrededor de la casa, así como otras plantas de fuertes aromas.
En la cocina de leña, siempre hervía algo con olores desconocidos.
Frascos con cosas que no sabíamos bien que eran. Miel y huevos en cajones apilados sobre la gallería que daba al frente. Todo esmeradamente limpio y ordenado.
Cuando finalmente pude comunicarme con tía Jacinta, hubo varios silencios.
No entendía por que le preguntaba sobre algo que nunca le había dicho a nadie. Además, ¡había pasado tanto tiempo desde aquel desdichado accidente!
Me explicó que todo sucedió el último día de las vacaciones. Nosotros (mis padres, mis primos y yo) ya habíamos regresado a la capital la noche anterior. Ella y el tío se habían quedado a limpiar la casa alquilada que deberían de entregar al dueño junto con las llaves esa misma tarde, luego de lo cual ellos también regresarían a su casa.
Jacinta continuó: - golpearon la puerta, abrí pensando que era el dueño de la casa, pero me encontré con Lena. La sentí alterada y nerviosa.
Salimos a caminar por la cuadra y allí me habló de sus facultades de clarividencia, de las cuales yo ya tenía conocimiento por comentarios de la gente del pueblo.
Sin mayor preámbulos fue al grano, hablándome de una visión donde estaba yo involucrada.
Decía verme en el mar, buscando entre las olas un niño en peligro. Como punto de referencia el faro estaba tras de mi.
De pronto, perdió el control. Exaltada, repetidas veces me dijo - ¡detente frente al faro!, ¡para en el faro donde veas a los niños! ¡Impide que el pequeño se meta en el mar!
Estaba claro que había un niño que no tenía que entrar al agua y que yo por alguna cuestión debía protegerlo .
Lena, así como llegó, se marchó repentinamente abstraída en sus pensamientos, sin siquiera despedirse.
Yo sinceramente pensé que la mujer estaba loca, como tenía fama de ser algo “rara”, no le presté mayor atención al asunto.
No le dije nada a tu tío y después que le entregamos las llaves al dueño, pasamos por el centro y compramos algunas cosas para comer en el viaje.
Yo me olvidé de Lena y lo que me había dicho horas atrás. Con el auto entramos por un camino paralelo a la costa. Estaba cansada y cerré los ojos dormitando un momento. Repentinamente me desperté y vi el faro, pero no dije nada. Seguimos andando. Pasadas unas cuadras, miré atrás y vi en la playa a la altura del faro gente corriendo y entrando al agua.
Le pedí a tu tío que diera la vuelta. Corrí hasta la orilla, donde había una mujer metida en el agua gritando desesperadamente.
Había varios niños en la orilla que lloraban y pedían por ayuda. También vi un bebe sobre una toalla.
Me metí en el agua, sin que nadie me dijera nada, buscaba, me zambullía, peleaba contra las olas y tragaba agua. Seguí buscando, no sabia qué, hasta que agarré algo, un pie, una pierna, un cuerpito, un niño.
Lo llevé a la orilla acostándolo sobre la arena, no repiraba. Estaba amoratado y le sangraba la boca. La mujer se le tiró encima, le masajeaba el pecho, le soplaba aire en la boca. Lloraba con desesperación. Estaba muerto. Irremediablemente muerto.
Cuando llegó la ambulancia supe que Francisco, el pequeño, tenia 8 años y sufría de frecuentes ataques de epilepsia. La mamá se distrajo un momento cuando amamantaba al bebecito, fue allí que no se dio cuenta cuando el nene se apartó del grupo. Se metió en el mar y le dio el ataque.
Tu tío Manuel, naturalmente, fue el único de la familia que supo de éste terrible incidente. Le hice jurar que no se lo diría a nadie. Nunca más quise regresar a aquel lugar e inventé no se qué escusa con tus padres para no volver.
Si yo le hubiese hecho caso a Lena y hubiéramos parado apenas vi el faro,
la historia fuera diferente y ésta desgracia no hubiera ocurrido.

 
Por la mañana, el encargado del Hotel me informó que la carta la había traído el doctor Arenas, horas antes de mi llegada , el día anterior.
El doctor Arenas hacia seis años que se había jubilado y vivía en el centro del pueblo a pocas cuadras del Hotel.
Al doctor no le llamó la atención mi presencia. Es más, parecía estar esperándome. No fue necesario darle muchos prólogos o razones a mi inesperada visita, el solo y con toda amabilidad me invitó a pasar a la cocina, y mientras preparaba café comenzó:
Lenita era una mujer extraordinaria. Una avant-garde para su época.
La conocí al poco tiempo de recibirme y venir a ejercer a Monte del Mar.
Muchos no la querían, la llamaban “ la bruja” ya sabes que la mediocridad para algunos es normal, la locura es poder ver mas allá, como dice la canción.
Su increíble don de clarividencia me sorprendió desde el primer momento , ayudándome en muchas ocasiones a tomar decisiones en cosas que no tenía claras.
La carta me la dio un tiempo antes de morir, hace mas o menos 8 años atrás. Me pidió que la llevase al Hotel, el día que pasara por la oficina inmobiliaria y viera a un hombre y una mujer mirando un mapa. Ésta seria la señal para saber que el día de entrega de la carta había llegado.
Ayer al medio día, por casualidad pasé por allí y mirando por la vidriera, te vi a ti y al empleado mirando un mapa.
Regresé a casa y saqué la carta de la caja fuerte en donde estuvo guardada todos éstos años, llevándola al Hotel como ella me lo encargó.
El doctor continuó dándome detalles de increíbles anécdotas y experiencias vividas junto a Lena. Yo hubiera querido quedarme, pero cuando miré el reloj el tiempo había volado y el primer cliente que quería ver el duplex me estaba llamando por el celular.
La inmobiliaria me había facilitado un auto para poder movilizarme.
Levanté al cliente que estaba en la oficina esperándome y nos fuimos directamente en dirección norte.
El cliente hablaba y hablaba y yo ensimismada pensando en los acontecimientos de las ultimas horas. Aquella responsabilidad que de repente, Lena, una desconocida, me había adjudicado desde hacia tanto tiempo atrás.
Pasaron los días. Llegaba a los lugares donde tenía que mostrar las propiedades y miraba las calles, los barrios, las rutas con premura para ver si tenían las características del lugar señalado.
Los días iban pasando y mi ansiedad crecía y crecía. Me preguntaba si tendría la sagacidad de ver el lugar descripto por Lena. Temía equivocarme.
Era ya el último día en Monte del mar.
Solamente una cita más por atender. Otro lugar como los anteriores, viejos chalets en barrios tranquilos, casas que daban al mar una al lado de la otra, edificios de departamentos junto a otros similares, nada había de lo que Lena mencionaba en su carta.
Terminé de cerrar el último contrato en la oficina. Una firma garabateada sobre un documento y Gutiérrez que me alcanzó a la estación de micros.
Desganada y vencida subí al bus.Tomamos la carretera. Veía pasar los carteles de la ruta, autos, camiones, campos, urbanizaciones. La costa a mi lado derecho y campo a la izquierda. Nada tenía sentido.
Inesperadamente vi un cartel: “Nueva urbanización Brisas del mar” a 2 KM.
Nunca había visto ese edificio entre los listados de la inmobiliaria.
Instantáneamente me levanté del asiento cuando pasamos por las construcciones.
Sin perder tiempo me puse a gritar como loca, pare, pare, yo bajo aquí.
El chofer frenó sobre la banquina a 50 metros pasados los edificios.
¿ Se siente bien Señora? Mire que a 3 Km. de aquí hay un restaurante con baños… -No se preocupe, yo bajo aquí ustedes sigan, yo me arreglo.
No sabia si había cometido una entupida locura o estaba sobre lo cierto.
Una emoción inmensa provocaba que el corazón me latiera más fuerte.
El lugar era exacto, así tal cual lo había descripto Lena en su carta,
Hay unas edificaciones nuevas y solitarias entre el mar y la carretera, todo el resto esta descampado“.
Y así era, tres edificios tipo mono-blocks frente al mar. Absolutamente nuevos y vacíos, a unos 30 metros frente a la carretera. Alrededor nada, medanos, bosques a lo lejos, campo. Y yo allí sola, frente a una visión que alguien había tenido hacia más de 10 años.

¿ Y ahora que? -pensé- ¿ Como sabré el momento exacto?
Agudizaba mis sentidos mirando los vehículos que pasaban por la ruta.
Un auto con una familia. No
Un camión con vacas. No
Una camioneta con una pareja. No
Un auto con una señora sola. No
Las horas fueron pasando y ni rastros del hombre con el perro grande a su lado.
Ya estaba anocheciendo y tenia ganas de llorar.
¿Que haría yo en ese descampado lugar cuando llegara la noche ?
Estaba buscando el celular para llamar a Gutiérrez para que me rescatara dándole una explicación lógica sin que pensara que era una tonta, cuando en el horizonte vislumbré otro auto.
Quise darme la última oportunidad. Alguien venia a un lado del conductor, pero cuando estaba cerca vi que el co -piloto era un inmenso perro negro, el corazón me latió fuerte otra vez y las manos me traspiraban.
Sin dudar avancé a la ruta, saltando y agitando las manos sobre la cabeza.
El conductor frenó bruscamente a un lado de la carretera.
Yo no sabia que decirle.
¿ Que le diría? … Una desconocida escribió una carta hace muchos años pidiéndome que pare su auto por que era vidente y…
Estaba junto a la ventanilla del perro que me ladraba y del desconocido que me miraba expectante. Yo tratando de articular palabra, cuando un repentino ruido de frenos, nos robó la atención. Chillidos de un monstruo que resbala sobre el pavimento, feroces gruñidos de fierros retorciéndose al caer.
La dantesca visión de un inmenso camión volcado a lo ancho de la ruta en cámara lenta a varios metros de donde nos encontrábamos.
No hace falta ser vidente para saber que ésta noche cenaré con Víctor y su perro Hugo en el mejor restaurante de Monte del Mar.
Víctor es guapísimo y nos hemos caído muy bien.
¿Sabría Lena, que Víctor tenía un hermanito que hace 30 años murió ahogado a consecuencia de un ataque de epilepsia frente a las playas del faro?

 



 

 

 



 



3 comentarios:

Petra Acero dijo...

Trataba de devorarlo, leyéndolo... Estaba impaciente por saber qué iba a pasar...
Me ha gustado tu relato, Adriana. Te atrapa, y su final feliz deja un buen sabor de boca.
Te seguiré leyendo.
Saludos.

Petra Acero dijo...

Adriana, mucho mejor el verde de hoy, para leer los relatos. ¡Un acierto!
Saludos.

Ayer, como habrás podido comprobar, tuve problemas con la edición de comentarios.

Adriana Arrossagaray Vilar dijo...

Gracias Petra por dejar tu comentario. Hoy cambie la plantilla del blogg. Creo no eres la unica que ha tenido problemas en leer debido al color de las letras, no se que onda. Ojala ahora este mejor.